Letrina clandestina
Padme es una gata activa, obsesiva y juguetona. Amidala, en cambio, me transmite paz y tranquilidad. Padme es ruda en el juego, le gusta hacer trampa; Amidala es gentil, jamás me ha rallado con sus garras. Ambas forman un equipo felino muy especial. Cuando caminan, por ejemplo, una siempre va delante y la otra detrás. Siempre han sido cuidadosas con su arenero, o eso pensaba. Un domingo soleado volví de la puerta para buscar un perfume, lo apliqué sobre mis pulsos y quise volver a la calle. Al pasar por un corredor sentí un olor nada agradable, repugnante. Pensé que era la fragancia, tal vez ya rancia, vencida o descompuesta, pero no. Como diría Sancho (Panza). "cerote era Señor". No tardé mucho en encontrar que mis amadas felinas mantenían una letrina clandestina, ocultada detrás de un promontorio de revistas. Con las garras habían despedazado un periódico, cuyas tiras colocaban sobre cada capa de sus horribles deposiciones: por eso, al volver tarde, ya no sentía tufo alguno. ¡Ah! fue un escándalo exponer su delito, corrieron a observar cómo reaccionaba pero, sabiendo de otras ciertas tendencias escatológicas, resultantes de anteriores puteadas, me abstuve de reclamar. Simplemente me deshice de la evidencia y les conseguí un segundo arenero, porque, según algunas fuentes tal conducta es el resultado de competencias provocada por utilizar sólo uno. Tiene razón Juan Pablo Dardón, cuando aconseja que no hay que morir sin haber tenido un gato.
Mugshots: klavaza, 2009.













