El veterinastro
"Te lo diré en otra vida, cuando los dos seamos gatos".
Sofía (Penelope Cruz), en Vanilla Sky.
"El gato: el estado perfecto".
Claudia Navas Dangel, en Ordinaria Locura.
Luego de una discusión bizantina sobre si operar o no a mis gatas, castrarlas pues, con un personero de AMA, de tintes fundamentalistas, me quedé con el tema en la cabeza. Muy en contra de mi buena voluntad, y del consejo de la soprano española Pilar Jurado, tendré que hacerlo, por razones que van más allá de mi propia comprensión.
En una reunión conocí ayer a una chica, amante de los gatos como yo. Su historia o testimonio es sobrecogedora. Llevó a su angora a castrar a una clínica que ella estimó como de buena reputación. Cuando la paciente volvió a casa estaba asquerosa y hedía a caca. De vuelta a la clínica para exigir una explicación. Le dijo el veterinastro que la gata se había revolcado en mierda, es decir, que su clínica es un chiquero. Por supuesto, se le infectaron los puntos y no sé bien por qué razón debió operarla de nuevo. Claro, volvió a cobrar. La gata regresó enloquecida, se sentía amenazada y no pudo recobrar la confianza en la gente. Finalmente huyó para no volver. No creo que se llegue a saber qué le hicieron al animalito en semejante tugurio profesional.
A los gatos la cultura chapina los considera demoniacos. Creencia, por demás está decirlo, de profunda raigambre cristiana. La Iglesia medieval los persiguió hasta casi exterminarlos. En una encuesta de Vox Latina, comisionada por Prensa Libre y publicada el 31122008 (artículo escrito por Cristina Bonillo), el chapín promedio dice preferir al perro como mascota (80.1% en áreas urbanas, 53.1% en rurales).
"Ratas, insectos, serpientes y, curiosamente, los gatos son los animales que menos gustan a los guatemaltecos. El 27.4 por ciento de los encuestados aseguró odiar a las ratas; el 19.7 rechazó a los gatos, y el 13.1 por ciento, a las serpientes. Los gatos son mucho más odiados en las ciudades, con el 21.2 por ciento, que aseguró detestarlos, frente al 14.6 por ciento en comunidades rurales".
Según parece, la gente no se ha dado cuenta de que el gato extermina a las ratas. Ante tal absurdo, no queda más que replicar al abogado Perry Mason: "no más preguntas su Señoría". Esa encuesta es importante, revela, por ejemplo, que todavía la gente sueña con tener guacamayas en su casa, aunque, destello de esperanza, a pocos les gustaría tener un mono.
Es difícil, también, explicarle a una cultura de raigambre agraria que las relaciones con los animales no se deben limitar sólo al servicio que nos pueden prestar. Como me dijo un ochentón, cuando le hablé de protección al medio ambiente: "¡Un momento señor! En la Biblia está bien claro que Dios creó al mundo para servicio del hombre". Bueno, no iba a contradecirlo, ni tenía tiempo, ni creo que lo pueda cambiar. El trabajo está con los que vienen, con los chicos, porque, en general, la mayoría de ellos quiere a los animales de forma espontánea.
Hace poco una compañera leía un anuncio. "Por USD $500 te podrías ir a un crucero por El Caribe", me dijo. "Buena onda", repliqué, "me dan ganas, sólo tendría que ver quién me cuida a las gatas". "Eso no es problema", explicó, "las regalás y te vas de viaje".
Tampoco quise explicarle que son mis alteregos, reflejo de mis mejores luces y perores sombras, diosas venidas a menos, viajeras en el tiempo que de encumbradas, como estuvieron en el antiguo Egipto, ahora sobreviven casi anónimas en el Occidente cristiano.
No puedo publicar el nombre del veterinastro, porque no me consta lo relatado por la chica; sin embargo, si me lo preguntan, se los digo.















